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La Nueva España (14/04/2009)
Ernesto Burgos
Aún existen carlistas. Se dividen en dos corrientes completamente opuestas emplazadas en los dos extremos del raíl político: los unos siguen defendiendo a machamartillo a Dios, la patria y el Rey legítimo -que para ellos no es Juan Carlos I, sino uno de sus parientes lejanos-; los otros son laicos, federalistas y republicanos. Los primeros, tradicionalistas, tuvieron su último paradigma asturiano en Jesús Evaristo Casariego, al que aún recuerdo paseando con porte pretencioso, erguido y envuelto en una capa española por las calles de Oviedo y que hasta el momento de su muerte alimentó desde su finca en Barcellina (Valdés) su propia leyenda negándose a beber otro alcohol que no fuese el vino español o la sidra asturiana y colocando un cartel que se hizo popular en los años de la transición en el que prohibía la entrada en su casa a los curas sin sotana y las mujeres con pantalones.
Los que yo conozco ahora son de izquierdas y si usted les pregunta cómo se puede cocer un carlismo republicano le contestarán sin dudarlo que de la misma forma que un socialismo sin lucha de clases? y tienen razón: si el siglo XX fue un cambalache, no vean lo que puede llegar a ser el XXI.
Otras veces les he contado los episodios más conocidos que protagonizaron las partidas legitimistas por nuestras cuencas y he traído a esta página a sus protagonistas, sobre todo a Faes, el más conocido y recordado por sus acciones y su gallardía, que encandilaba a las mozas de La Pasera, pero hoy voy a narrarles la última intentona de sus herederos, que se quedó en eso, más que nada porque se produjo en una época que no le correspondía y cuando la gente ya pensaba en otras cosas.
Todo empezó con el desastre de 1898, tras la pérdida de la España ultramarina y la toma de conciencia de que este país había pasado de golpe desde la división de honor a la tercera. Con la caída de Cuba se puso un punto y aparte en nuestra historia y fueron muchos los que quisieron taponar la hemorragia a su manera. Los militares enterraron a sus muertos, que como ocurre en todas las guerra eran más nuestros que suyos; los escritores lo intentaron adecuando su estilo y su temática a lo que querían leer en aquel momento sus compatriotas; los obreros empezaron a pensar en cambiar el mundo por otros métodos; los políticos hicieron lo de siempre y se pasaron meses culpándose mutuamente; los Borbones no movieron ni una pestaña y los carlistas, en fin, volvieron a lo único que sabían hacer: echarse al monte. (more…)